Los señores del Japón Antiguo

En el Japón Antiguo del siglo XII, los cortesanos feudales de Kyoto pierden poder a manos de dos clanes guerreros y se inicia un largo período de dictaduras. Con la reunificación del país, en el siglo XIX, declina la hegemonía impuesta por el uso de la espada y Japón  ingresa en la modernidad.

Kabuto Samurai Bujinkan Segovia

En el amplio salón del edificio con techo de tejas situado en el centro de la ciudad de Nara, los cortesanos del emperador Shomu dispusieron un magnífico tablero, de sándalo y marfil, acorde con la elegancia del palacio imperial, donde el soberano usaba zapatos de piel escarlata con la punta vuelta hacia arriba y adornados con flores de oro y plata incrustadas con perlas, para recorrer los pisos cubiertos con fieltro.

En el cuadriculado de la ebúrnea superficie, dos contendientes competían, uno con fichas blancas, el otro con negras, que guardaban en sendas tazas en forma de tortuga depositadas en sus respectivos cajoncillos, ubicados en ambas cabeceras del tablero, cuyos paneles laterales, iluminados en marfil taraceado, lucían flores, aves y otros animales. Jugaban al go. Dice una poesía, llamada, precisamente, El go:

“Hoy, 9 de setiembre de 1978,/ tuve en la palma de la mano un pequeño disco/ de los trescientos sesenta y uno que se requieren/ para el juego astrológico del go,/ ese otro ajedrez del Oriente./ Es más antiguo que la más antigua escritura/ y el tablero es un mapa del universo./ Sus variaciones negras y blancas/ agotarán el tiempo;/ en él pueden perderse los hombres/ como en el amor o en el día./ Hoy, 9 de setiembre de 1978,/ yo, que soy ignorante de tantas cosas,/ sé que ignoro una más,/ y agradezco a mis números/ esta revelación de laberintos/ que ya no exploraré.”

El autor, Jorge Luis Borges, ya había incursionado en imágenes similares en su díptico de sonetos titulado Ajedrez, donde expresa, en el terceto final del primero de ellos: “En el Oriente se encendió esta guerra/ cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra./ Como el otro, este juego es infinito.” Al decir “como el otro” se refiere a la guerra, que allí mismo menciona, y de la cual go y ajedrez, así como ciertos deportes de equipo, son incruentas imitaciones. O bien, todo un símbolo.

País de las ocho islas

Mapa del Japón Feudal

En los comienzos del Universo, una pareja de dioses observó la Tierra desde el puente flotante del cielo (el arco iris) y los dos acordaron efectuar el descenso. El mito refiere que ella era la diosa del Sol y que, una vez en el mundo, dio a luz el Gran País de las Ocho Islas. Se cuenta que esa deidad fue, a su vez, tatarabuela de Jimmu, fundador de la familia imperial japonesa, de quien descienden los sucesivos emperadores.

Estos han sido siempre considerados como jefes sagrados, símbolos de la fortaleza y la unidad del Japón. Cita la leyenda que Jimmu conquistó la región de Yamato –cerca de la actual ciudad de Kyoto–, luego de vencer a un pueblo bárbaro, presumiblemente los aino o ainu, raza de procedencia caucásica, distribuida en sectores de las islas Sajalía (rusa) y Yeso (japonesa). Algunos invasores, que habían llegado desde Indochina y el sur de China, eran granjeros y proporcionaron métodos para cultivar el arroz. Podía oírse a los espíritus hablar desde las rocas o desde los árboles, decían los primeros habitantes, que creían que la tierra estaba llena de espíritus, los kami. De ello derivó el culto nacional, llamado sinto o shinto, el camino espiritual.

El sistema poseía un complejo código legal con respecto a la pureza. Los derramamientos de sangre mancillaban a todas las personas. Por ejemplo, eran tenidos por impuros una mujer que había dado a luz y un hombre herido en batalla. Con un lavado ritual podían purificarse. Pero, para una casa en la que había muerto un emperador, no había rehabilitación posible y debía ser abandonada. Tal prescripción determinó que los primeros emperadores sólo tuviesen casas muy toscas.

Las narraciones de viajeros que volvían de China les despertaron deseos de residir en viviendas suntuosas como las que les referían. Ello sólo se concretaría a partir del año 646 d.C., cuando, merced a una serie de reformas, se determinó que la sede del emperador se estableciese en un lugar fijo.

El Budismo

Collar Budista

Pero antes de eso hubo otra historia. Se señala que hacia el año 300 d.C., una confederación de clanes reconoció a un emperador cuya sede estaba en Yamato, aunque sin cederle espacios de su independencia. Los jefes de clanes mantuvieron autoridad sobre sus propiedades y sobre los campesinos, a los que sólo protegían de las familias rivales. Por ello, la suerte del campesinado era escasa; el emperador gravaba con fuertes impuestos la parte de la cosecha que quedaba para éstos, en tanto los terratenientes se quedaban con el grueso de las recolecciones.

Como la economía giraba alrededor de la agricultura, la moneda estaba constituida por semillas, elementos rurales y granos de arroz. Al comienzo se usaban herramientas de bronce, pero eran quebradizas. Desde Corea se importaron implementos de hierro, fabricados en China y de gran resistencia. Ello significó la apertura del comercio entre los tres países.

Cuando el budismo llegó al Japón (año 552 d.C.), era ya una doctrina muy antigua, basada en la vida de un indio del siglo VI a.C., llamado Gautama, conocido como el Buda o “el iluminado”. Hasta entonces había prevalecido el sintoísmo, que practicaba el culto a los antepasados y a las fuerzas naturales.

Estatuas Budistas japón

La filosofía budista sostiene que existir es sufrir, pero se puede buscar alivio a través del llamado “camino óctuplo”, mediante el correcto ejercicio de la visión, la resolución, el habla, la acción, la vía, el esfuerzo, la inclinación y la concentración. Afirmó esta doctrina en Japón el príncipe Shotoku, que era considerado el mayor erudito y gobernó como regente de su tía, la emperatriz Suiko, desde 593 hasta 622, año en que aquél murió.

Con respecto al afincamiento de la capital en un lugar que fuese permanente, la elección recayó en el valle de Nara. Allí gobernó Shomu desde 724. Fundó el Todai-ji, monasterio budista, donde junto con Komyo, su esposa, asistía a los actos del culto. Protegió a comerciantes y artesanos y recibió el obsequio de un laúd, hecho en madera de castaño y sándalo rojo, con taraceado de madreperla y carey.

La taracea (del árabe tarsic = incrustación) es una especie de embutido hecho con pequeños trozos de chapa de madera, en sus colores naturales, o de nácar, metal, etc., efectuado en ebanistería con fines ornamentales.

El período Heian

El Japón antiguo, poblado en los primeros tiempos por pueblos altaicos y del sudeste asiático, permaneció luego ajeno a toda clase de emigraciones. Fue considerable la influencia china a lo largo de la época clásica, integrada por las fases Nara, que abarca un período entre los años 710 y 794, y Heian (794-1185). Con lo cual se destaca el largo reinado de la familia Fujiwara hasta el siglo XII.

Periodo-heian-Estatuas-budistas-de-madera

Heian-kyö, la capital construida entre fines del siglo VIII y principios del IX, no es otra que la importante ciudad tiempo después llamada Kyoto, situada cerca de la costa sudoeste del lago Biwa. Era (y sigue siendo) el centro de la religiosidad budista, para cuyas prácticas conserva 33 templos erigidos en diversos momentos. El nombre significa “capital de la paz y la tranquilidad”.

Poco antes de promediar el siglo XII, se inició un largo período –se extendería hasta el siglo XIX– de dictaduras militares. En Japón ya no dominaban las tierras los cortesanos de la Kyoto imperial. El poder era ahora de los samuráis que, si bien provenían de una clase inferior a la nobleza, con su maestría en el uso de la espada cobraron hegemonía.

Una violenta disyuntiva se planteó entre dos clanes de samuráis, los Taira y los Minamoto. Hubo una serie de batallas que se conocieron como la Guerra Gempei (de 1180 a 1185), en las cuales se disputaba el manejo total del Estado.

Samurái quiere decir el que sirve (al emperador, a su tierra, a su familia). Fueron príncipes a quienes se obligó a desertar porque los emperadores se vieron impedidos de mantener a toda esa descendencia con el lujo que caracterizaba a la vida de palacio. Entonces los marginados fijaron sus dominios sobre regiones limítrofes y en ellas lucharon contra tribus nómades.

Así cobraron gravitación, lo cual se incrementó cuando Yoritomo, en el siglo XII, dispuso que sólo podían unirse a la cofradía los hijos de samuráis. De ese modo llegaron a configurar una elite.

Desde el momento en que cumplían los cinco años de edad, los padres les colocaban una armadura de guerra y eran ejercitados, con un paulatino aumento de exigencias, en cabalgar, practicar esgrima y taijutsu (lucha sin armas), así como el tiro al arco. Se los instruía en una durísima disciplina, centrada en el füdoshin (inmovilidad del corazón), o sea presencia de ánimo, frialdad hasta en el trance más fragoroso.

La era de los sogunes

Linterna japonesa de piedra pagoda

El emperador Go-Shirakawa, en 1156, pidió ayuda al jefe Taira, que era Kiyomori. Este venció, en Kyoto, a los enemigos de aquél y utilizó ese éxito para afirmar un poder que cuatro años más tarde dirigió contra sus rivales, los samuráis Minamoto, en otra batalla librada en las afueras de la ciudad. El jefe Minamoto era Yoshitomo, que fue asesinado por un traidor. Era el padre de Yoritomo, quien veinte años después rompió hostilidades contra sus adversarios, en lo que marcó el comienzo de la ya citada Guerra Gempei. Kiyomori, enfermo, murió en 1181.

Al principio, Yoritomo adoptó un régimen de gobierno llamado bafuku (gobierno de tiendas), basado en una dura disciplina militar, y fijó la capital en Kamakura, a 60 kilómetros al este del monte Fuji. Lejos de terminar allí las guerras intestinas, ellas recrudecieron. El bafuku, sistema moderado y austero que omitía lujos y aplicaba correctamente los gravámenes, debió contrarrestar una fuerte invasión mongol, que había conquistado Corea y parte de China. En junio de 1281 los mongoles, que ya habían sido rechazados siete años antes, desembarcaron en la bahía Hakozaki.

Después de una sostenida batalla que duró siete semanas, en las que los invasores –mongoles y chinos– trataban de flanquear el muro defensivo, los pequeños barcos japoneses causaron confusión entre las lentas y pesadas naves que los asediaban. Pero lo decisivo fue un imprevisto aliado: un tifón que sopló con gran violencia y empujó a la orilla a la flota mongol, de la cual algunos barcos escaparon y luego se hundieron, en tanto otros encallaban. Por creer que era un viento enviado por los dioses, lo denominaron kamikaze (viento divino). El éxito logrado sobre los mongoles sirvió para unir a los distintos sectores, pero ello fue efímero.Armadura Samurai Bujinkan blanco y negro

Un emperador, Go-Daigo, inició una lucha contra los sogunes, una poderosa casta de regentes al servicio de los emperadores, a raíz de lo cual éstos fueron expulsados e incendiada Kamakura. Surge entonces el clan Ashikaga cuyo jefe, Takauji, se apoderó de las tierras de los sogunes como botín de guerra y desafió al emperador.

La familia Ashikaga poseyó el sogunado hasta el siglo XVI. Un nieto de Yoshimitsu, llamado Yoshimasa, gobernó entre 1436 y 1490. Sólo se dedicaba a las letras y a disponer construcciones, por lo cual los grandes gastos y la desatención de los temas públicos provocaron un colapso político.

Para paliar la adversa situación se recurrió a préstamos de los templos zen. La secta zen es un movimiento budista surgido en China en el siglo XI, originado en la escuela mahayana, de la que fue fundador el maestro indio Bodhidharma. Consiste en la preeminencia que se otorga a la meditación como camino hacia una vida luminosa.

Los sacerdotes zen podían prestar dinero porque se habían enriquecido al efectuar viajes a China con la exportación de diversas mercaderías, principalmente espadas. Pero hubo más gastos, más déficit y mayores impuestos que generaron miseria. Tiempo después, Yoshimasa se retiró a una propiedad que había hecho edificar en las cercanías de Kyoto, donde murió en 1490.

Reunificación nacional

Calle de Kyoto antiguo japon

La madre tuvo un sueño a poco de concebirlo: la luz del sol cubría su habitación como si fuese mediodía. Un adivino interpretó que ello significaba que el niño irradiaría su gloria en diez mil direcciones cuando alcanzase su plenitud. Toyotomi Hideyoshi, poderoso militar y gestor de una unidad perdurable, hizo que se cumpliera el pronóstico. Nació hacia 1537, en una época conocida como Sengoku Jidai (el período de los reinos combatientes), que duró un siglo, con luchas de los señores feudales entre sí o ante tropas organizadas por los templos budistas para disputarles tierras.

Esa larga serie de enfrentamientos sólo cesó cuando un temporal arrastró a un barco chino a costas japonesas, en 1542. A bordo había tres portugueses que llevaban mosquetes, arma de fuego más larga y de mayor calibre que el fusil. Con ellos, los japoneses aprendieron tiro. No tardó Hideyoshi en comprender que el mosquete representaba una revolución bélica. Su comandante, Oda Nobunaga, lo aplicó en 1560 y, gracias a la nueva arma, con solamente 3000 hombres derrotó a 25.000. Hideyoshi murió en 1598.

La reunificación nacional fue completada a partir de 1600 por Tokugawa Ieyasu, también de estirpe militar, a quien Hideyoshi, poco antes de morir, había llevado a caballo hasta un lugar que dominaba la bahía del Edo, en la llanura de Kantö, centro geográfico del país, y le dijo que allí hiciera su capital. En el punto que Hideyoshi había señalado con la espada, Ieyasu, sucesor de aquél como sogún, mandó construir la ciudad principal, Edo, que más tarde fue Tokio. En esa zona, en un sitio venerado como “el hogar de los espíritus”, fue sepultado Ieyasu, que murió en 1616. La dinastía Tokugawa gobernó el Japón hasta 1868, cuando el emperador Tennö Mutsuhito Meiji (1852-1912) accedió al poder y practicó una política de despotismo ilustrado. Pero esto ya pertenece a otro tiempo, signado por la Revolución Industrial, si bien ésta chocó en Japón con el peso de la tradición y los intereses de monopolios capitalistas. Atrás quedaban los largos días de lucha y arte, religiosidad y ambición, crímenes y poesía. Una historia de suavidad y violencia. Un imperio de hierro y seda.

Vestido para matar: La edad del acero

Katana Feudal Samurái

Blandida en arrogante actitud, la espada era franca señal de poder. La katana, o espada larga y curvada, fue obra de Gö-Yoshihiro, alumno del gran Masamune. Para su forja, se redoblaba en forma repetida el metal caliente, lo cual daba como resultado más de cuatro millones de capas de acero. Yoshimitsu confeccionó el ken, de doble filo, que fue una de las formas más antiguas de la hoja japonesa.

Otro tipo era el tachi, que utilizaron los miembros del clan Taira. Fue ideado por Amakuni, herrero del siglo VIII quien, antes de forjar su primera pieza, pasó treinta días sin dormir. Emblemas de autoridad, valor y fuerza, las espadas fueron creadas en el antiguo Japón por los kaji, maestros armeros que se purificaban con dietas, vestían de blanco y colgaban tiras de papel en la forja para ahuyentar los malos espíritus. Sólo que podía durar hasta dos años, para obtener una sola espada.

El cálculo de rendimiento reflejaba que si se comenzaba la tarea con diez kilogramos de metal, un herrero podía producir solamente una hoja de entre un kilo y un kilo y medio. La labor era lenta porque había que extraer del hierro varios millones de capas finas de acero. Una vez obtenido el grado adecuado de dureza, flexibilidad y filo, además de la textura (hamon) precisa, se daba un baño final a la hoja y el artesano grababa en ella su firma. La hoja llevaba el tang (extremo de la empuñadura) y una tsuba (guarda).

Katana Samurai Bujinkan Segovia

Cada clan de samuráis tenía armeros propios. Un grabado muestra cómo se vestía un combatiente, que va endureciendo la expresión de su rostro a medida que incorpora cada prenda. Comienza por ponerse un kimono, ata los pantalones a su cintura y se coloca las mangas de cota de malla. Luego se calza una pesada armadura de placas y por último una máscara de hierro.

Los cascos constaban de grandes placas de metal. Las armaduras eran elaboradas con pequeñas escamas de hierro y cuero, laqueadas y unidas entre sí con cuerdas de seda. Pesaban alrededor de diez kilos, podían ser dobladas y guardadas en cajas o estuches y eran fáciles de reparar. Cada samurái poseía varios tipos de armaduras, que alternaba según el carácter de la batalla.

Un tío de Yoritomo, el primer sogún, del clan Minamoto, era el maestro arquero Tametomo, que medía más de dos metros de altura. Sus armaduras eran piezas de excelente factura, así como las del guerrero Taira Shigemori, a quien agradaban los ampulosos adornos. Las armaduras llevaban además dos apéndices en el pecho, que impedían que las vitales cuerdas fuesen cortadas. Un peto, a veces decorado, cubría el estómago, que era fuente de todas las emociones, según los japoneses.

Bujinkan Armadura Samurái

Después de una victoria, los héroes presentaban sus armaduras como ofrenda a Hachiman, dios de la guerra. Las sillas de montar eran recubiertas con un armazón de madera afirmado en un arco para soportar el peso del samurái. Una almohadilla de cuero resguardaba el lomo del caballo y otra, más pequeña, servía de asiento al jinete. Guardas para las manos y escudos para los codos completaban, con lo que se dio en llamar “gracia asesina”, el atuendo bello y feroz de los guerreros de entonces.

Texto de: Jorge Lomuto

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